Resultaría interesante, y hasta llamativo, evaluar las veces que afirmamos, con una mezcla de rotundidad e incredulidad, un rotundo “no tengo tiempo”. Es posible que en muchos casos, quizás la mayoría, lo decimos entre convencidos o menos convencidos. Por lo mismo, podemos considerarlo como una sutil triquiñuela para disculparnos de no haber cumplido con tal o cual tarea que se nos había confiado. De este modo, la misma evidencia nos pone “contra las cuerdas”, pues nos espeta abiertamente que si hay algo en esta tierra, es precisamente el tiempo. Otra cosa muy distinta es constatar cómo gestionamos dicho tiempo, que se nos brinda de manera tan gratuita y generosa con el fin de que hagamos buen uso del tiempo que tenemos a nuestra disposición y que con “tanta alegría” solemos dejarlo fluir sin sacarle provecho alguno. De ahí que no parece válido sacar de la remanga esa manida muletilla, que con tanta generosidad utilizamos para excusarnos del supuesto no empleo del tiempo. Si verdaderamente somos sinceros, hemos de admitir el tremendo derroche de tiempo que impunemente malgastamos. Quizás nos sentaría seguramente bien recurrir con seriedad al “Tempus fugit”, como nos advierten ya los clásicos?
Por supuesto, es evidente que no se trata de matarnos a trabajar, pues la moderación es también una gran virtud. De hecho, muy frecuentemente los extremos se tocan. De ahí la importancia, y hasta la necesidad de tener siempre muy presente el sabio dicho latino: “ne quid nimis”. (“ni tanto ni tan calvo”, podríamos traducirlo), tal y como nos alecciona el refranero. Aquí de lo que se trata es de la justa medida. Por lo tanto es evidente que la moderación en todo debería ser nuestra norma de vida, pues nos brinda en cada situación lo que en verdad necesitamos. Si nos ponemos a calibrar el tiempo que diariamente malgastamos, quizás nos sorprenderíamos a nosotros mismos, hasta el punto incluso, de asustarnos, pues la evidencia demuestra que el tiempo pasado no retorna más, que jamás retornará. En este asunto ya no es tanto la cuestión del tiempo en si mismo, cuanto el modo como lo empleamos, para qué lo empleamos y porqué lo utilizamos. Recordemos que somos responsables personal y colectivamente de cuanto hacemos y decimos, que es competencia de nuestra propia condición racional. Por lo tanto, seamos conscientes de que lo que en verdad importa es hacer buen uso del tiempo, para desplegar las alas de la mente y llevar a cabo la tarea que a cada persona le ha sido encomendada. Tenemos que sentirnos privilegiados cuando actuamos con sensatez, aspirando a realizarnos humana y espiritualmente desde una amplia y óptima amplitud de miras, conscientes de todo aquello que nos enriquece humana y espiritualmente. Así nuestra condición humana gana enteros, beneficiándose día a día de forma muy positiva.
En cambio, cuando imperan la desidia y la vagancia, todos “pagamos las consecuencias”, pues el descuido personal voluntario nos inhabilita como seres racionales responsables y sensatos que deberíamos ser. De ahí la urgencia de desterrar de nosotros todo aquello que nos apesadumbra, que nos impone pesadas rémoras, lo que nos impide llevar adelante nuestra gran misión como personas y como creyentes. No nos echemos pesos innecesarios sobre nosotros ni sobre los demás. De ahí la importancia de “saber llevar las cargas los unos de los otros”, como nos pide el Apóstol. Esto si es inteligente y fraterno; esto es amor en peso de oro. Solamente de este modo es como nos encontraremos verdaderamente satisfechos. Se trata, por lo tanto de alargar nuestra mano amiga, sin caer en la trampa de la irresponsabilidad, sino que hemos de colaborar activamente “en la construcción del edificio común”. Es una entrega fraterna y responsable, capaz de generar felicidad completa, evitando así la desazón y la desidia para vivir siempre con dignidad, tanto personal como colectiva.
De ahí es como hemos de ser muy conscientes de que toda persona ha de ser consciente de que es de hecho ciudadana de la madre tierra, donde el tiempo es para nosotros una realidad, en la que hemos de saber vivir y convivir. De ahí tenemos presente que de la buena, o menos buena gestión que hagamos del tiempo, dependerá el bienestar de cada uno de nosotros, pues según y como gestionemos nuestro caudal humano es como nuestra dignidad estará más o menos avalada. “Sic transit gloria mundi!” sentencian los sabios. ¿y nosotros cómo actuamos? ¿Acaso no hemos de movernos de tal forma que “no dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy”? ¡Hoy ¡Hoy,! ¡QUÉ FUGAZ ERES! Por eso mismo, busquemos sin cesar los valiosos retazos de eternidad que ya emergen a uno y otro lado de nuestras vidas; allí donde, precisamente, el Tiempo, “!nuestro Tiempo! es para siempre un tiempo de eternidad”.
+ Clemente Serna González, Abad de Silos